Capítulo 3: Invitada

La cena transcurrió dentro de un ambiente de expectación, ya que Liselot se negó a comer alguno de los platillos que estaban sobre la mesa de los Waas. Gerlof la disculpó diciendo que no se sentía bien del estómago. Intentó explicar que su prima que debía consumir una dieta especial a base de peces vivos, lo que por supuesto causó repugnancia en los presentes, pero aceptaron sin hacer comentarios.
—Creo que es tiempo de que me marche —anunció Gerlof, cuando finalizaba el último platillo de la noche.
—¡Por ningún motivo, mi querido muchacho! —protestó Drika—. Pronto te casarás con nuestra hija, así que puedes dormir en nuestro sofá que es bastante amplio. ¿No crees, Wass?
—Sí, querida, pero deben comportarse porque este es un hogar decente.
—No te preocupes por eso, Ludger, pondré a Liselot junto a Antje. Ella vigilará a nuestra hija.
—Todo arreglado entonces.

—¿Tienes novio, Liselot? —le preguntó Antje.
A Liselot la habían instalado en un pequeño lecho junto a Antje. Ella hubiera querido estar en el océano, cazando, cantando, pero le había prometido a Gerlof quedarse con aquella gente. Por lo menos lo haría mientras él estuviera presente.
—¿Novio? No.
—Eres muy bonita, Liselot. Me extraña que no tengas a alguien.
—Sí lo tengo, pero no es mi novio, es mi hombre.
—¿Tu hombre? ¿Quieres decir qué...?
—Sí, nos apareamos.
—¿Se aparean? —Antje emitió una risita—. Qué extraña tu forma de hablar.
—Lo siento —se disculpó Liselot, recordando lo que había dicho Gerlof—. Quise decir que hacemos el amor.
—¡Apaguen ya la vela! —gritó Drika, al otro lado de la pared.
Antje hizo lo que su madre ordenaba.
—Hasta mañana, Liselot —dijo, ahogando un bostezo.
—Hasta mañana.
Liselot comenzó a cantar en un tono muy bajo, solo perceptible a los oídos de Antje. A los pocos instantes, la joven estuvo profundamente dormida. Unos suaves ronquidos daban cuenta de ello. Enseguida, se quitó el camisón que la otra joven había insistido en prestarle. ¡Era tan incómodo vestir como las humanas! Una sirena no necesitaba más ropa que sus escamas. No había mejor sensación que la de vagar tal cual era por el océano. Pero al estar en tierra todo cambiaba. Tenía que acatar las normas de los humanos, aunque no le gustaran. Si no fuera porque le gustaba tanto el cuerpo de Gerlof...

Gerlof no dormía. El sofá era algo pequeño para su cuerpo alto y fornido. Además, no podía dejar de pensar en Liselot, que estaba a tan poca distancia de él, y no podía tocarla. Si ella era una criatura mitológica, a él no le interesaba. Solo quería tener esos brazos y piernas alrededor de él, por toda la eternidad, aunque ello significara quemarse en el infierno.
De pronto algo suave se deslizó junto a él bajo la manta.
—¿Me extrañaste? —preguntó Liselot en su oído.
—¿Qué haces aquí? Nos pueden descubrir.
—Todos duermen profundamente.
—¿Estás segura?
Cuando Liselot cantó no lo hizo solo para Antje. Solo él había quedado libre del hechizo del sueño. Los Waas estarían dormidos toda la noche.
La sirena se enderezó sobre el cuerpo de Gerlof, y comenzó a moverse con esa cadencia ondulante que al capitán volvía loco. Cuando ella estaba así, tan unida a él, no le importaba si todo se desmoronaba a su alrededor, o si descendía a los mismos infiernos. Esos eran los momentos en que deseaba que le aparecieran agallas, para poder seguirla al océano si ella decidía marcharse.
Todos sus pensamientos eran desquiciados pero verdaderos. Gerlof sabía que no podría vivir nunca más lejos de ella. Preferiría perder todas sus posesiones con tal de conservar a esa criatura marina. No existía mujer que pudiera darle tanta felicidad y placer como la que ella le entregaba. Cuando muriera quería hacerlo en los brazos de Liselot.
—Te amo —confesó él, capturando su boca para besarla con pasión—. Te amo... Nunca me dejes, Liselot, o moriría.
El corazón de la sirena se conmovió. Despertar tales sentimientos en ese humano, no estaba en sus planes. Pero si lo pensaba bien, ella se sentía más atraída hacía él de lo aceptable. Él no podría sobrevivir en el océano. Sería ella quien tendría que renunciar a su vida acuática, pero eso significaría renunciar a su vida. Una sirena no lograba sobrevivir más que unos pocos años lejos del mar. Tendía que aprender a comer lo mismo que los humanos, y renunciar a la caza. Sin embargo, de lo único que no se podría despojar y que era inherente a ella, sería de ese instinto asesino que la obligaba a matar a quien se opusiera a sus deseos. Si ella llegaba a sentir la misma necesidad de Gerlof. Quedarse con él, y solo con él, ¿sería capaz de ocultar su verdadera naturaleza? ¿Él la protegería o la repudiaría?
—Estaré contigo mientras lo desees —repondió ella.
—Dí que me amas —le pidió él.
—Ya te he dicho que no usamos esa palabra.
—Solo dilo para mí, aunque no sea cierto.
—Te amo, Gerlof.
—¡Oh, Liselot!
El capitán la besó nuevamente, y se llevó a Liselot consigo para que quedara debajo de él. La poseyó con tanta pasión, que la sirena se sintió embargada por una emoción desconocida, que por supuesto no era amor, sino algo más grande quizás: pertenencia.
La pertenencia ataba de por vida a las sirenas con sus parejas. Ellos eran monógamos fieles. Se protegían mutuamente. Cuidaban juntos de su descendencia. Cazaban juntos, y muchas veces morían juntos. El amor de los humanos no tenía tanta fortaleza ni compromiso como la unión de las sirenas.
—¡Basta! —exclamó ella de pronto, atemorizada por la fuerza de sus emociones.
Por un momento el semblante de Liselot cambió a su forma natural, pero Gerlof nublado por la pasión no llegó a percibirlo, igual que en ocasiones anteriores. Él solo podía sentir los besos y las caricias.
—¿Qué te sucede?
—Nada. Es solo que pronto amanecerá.
—Tienes razón. Vuelve a la cama, antes que la señora Waas o los sirvientes vayan a despertarse.

Cuando los Wass se levantaron de sus camas esa mañana, Gerlof ya se había marchado. Liselot descansaba en su cama, ajena al mundo que la rodeaba.
—Déjala dormir —le dijo la señora Waas a su hija—, la pobre debe haber pasado un muy mal rato ayer. Todavía estará en schock. Cuando se despierte iremos a casa de Neske para que le tome medidas y le haga unos vestidos.
—¡También quiero uno, madre! —rogó Antje, con un gesto largamente practicado, al que su madre nunca se negaba.
—Por supuesto, cariño. El capitán ha sido muy generoso. Hay suficiente para las dos.
—Pronto mi ajuar estará completo.
—Así es, querida.
Después de desayunar, Drika se encargó de impartir las órdenes diarias a sus sirvientas, e hizo que la cocinera le preparara una bandeja para Liselot.
—Tenemos que tratarla bien, para que Gerlof siga siendo generoso —indicó Drika.
Cuando el desayuno de Liselot estuvo listo, la misma Antje se lo llevó. Por consejo de su madre, trataría de formar lazos con la prima de Gerlof, ya que si esta se iba a vivir a Den Burg, Antje tendría que compartir el hogar con ella, y en ese caso lo mejor era tenerla de aliada.
—Hola, prima, ya es hora de despertar —anunció Antje desde la puerta. Luego se aproximó al lecho de la sirena y depositó la bandeja a los pies de ella. Después levantó la manta para descubrirla—. ¡Awww!
El grito horrorizado de Antje se escuchó en toda la casa. Ludger Wass ya se había marchado a sus labores diarias, pero Drika y los sirvientes corrieron a ver qué sucedía.
—Es... ¡Es horrible! —exclamó ella, apuntando hacia Liselot.
—¿Qué cosa hija? —preguntó la madre consternada.
—La prima Liselot. Mírala.
Drika se aproximó a mirar a la sirena, y lo único que vio fue que esta dormía plácidamente.
—No entiendo, Antje.
—Es horrible. Su piel es azul. Tiene garras en vez de uñas, y se pueden ver todas sus venas a través de la piel.

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