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Capítulo 4: La cena

  —Debes haber estado soñando, querida. Yo no le veo nada extraño. Mira tú misma. Antje, se inclinó nuevamente sobre Liselot, y lo único que vio fue a una joven durmiendo. Es más. Si es que era posible, Liselot se veía más hermosa que la noche anterior. Drika posó una de sus manos sobre Liselot y la movió suavemente con la intención que despertara. La sirena reaccionó. Abrió los ojos, y sacó los brazos de las cobijas. Luego se estiró como si estuviera recién despertando. —Buenos días, querida —la saludó Drika, y luego mostró la bandeja del desayuno—. Cuando desayunes, te estaremos esperando abjao para ir a a ver a la modista. —¿Modista? —Liselot pareció no entender. —La mujer que nos hará unos vestidos —aclaró Antje con una sonrisa traviesa. —¡Ah! —Te dejaremos sola para que puedas comer tranquila, querida. Vamos, Antje. Espera abajo a la prima. —Sí, mamá. Después que las mujeres salieron de la habitación, Liselot cogió las cosas de la bandeja y las arrojó por la ventana. Vertió el...

Capítulo 3: Invitada

La cena transcurrió dentro de un ambiente de expectación, ya que Liselot se negó a comer alguno de los platillos que estaban sobre la mesa de los Waas. Gerlof la disculpó diciendo que no se sentía bien del estómago. Intentó explicar que su prima que debía consumir una dieta especial a base de peces vivos, lo que por supuesto causó repugnancia en los presentes, pero aceptaron sin hacer comentarios. —Creo que es tiempo de que me marche —anunció Gerlof, cuando finalizaba el último platillo de la noche. —¡Por ningún motivo, mi querido muchacho! —protestó Drika—. Pronto te casarás con nuestra hija, así que puedes dormir en nuestro sofá que es bastante amplio. ¿No crees, Wass? —Sí, querida, pero deben comportarse porque este es un hogar decente. —No te preocupes por eso, Ludger, pondré a Liselot junto a Antje. Ella vigilará a nuestra hija. —Todo arreglado entonces. —¿Tienes novio, Liselot? —le preguntó Antje. A Liselot la habían instalado en un pequeño lecho junto a Antje. Ella hubiera queri...

Capítulo 2: Todos malditos

Los días que siguieron a continuación, fueron como una estadía en el Paraíso para Gerlof. Se pasaba el día correteando por el barco detrás de Liselot. En ocasiones ella se sumergía y volvía con estrellas de mar y caracolas que ponía a los pies de él como una ofrenda. Mientras tanto, el Sirene avanzaba lento por esas aguas tranquilas, ya que al parecer Poseidón se había confabulado con la sirena para que no los alcanzara alguna tormenta, o cualquier indicio de mal tiempo. Las noches eran solo de pasión para los amantes. Liselot no volvió a sumergirse con la intención de hacer daño. Estaba tranquila, pues se sabía protegida por el capitán. Pero sabía que esa calma no iba a durar para siempre. Tarde o temprano Gerlof regresaría a tierra firme, y ella no permitiría que humana alguna se lo arrebatara. Mientras no se saciará de él, lo tendría junto a ella. —¿Eres feliz? —le preguntó ella un día. Él pareció pensarlo antes de responder, como si buscara la razón dentro de su cabeza. Y como to...

Capítulo 1: El hallazgo

—¡Vamos, recojan esas redes! ¡Ya quiero irme a descansar! Todavía no clareaba el sol, y las redes del Sirene estaban repletas de arenques. En plena época estival, se acercaban a las costas inglesas para recoger estos peces que hacían su camino desde las frías aguas del Mar del Norte, hacia las más cálidas del Atlántico. Eso era lo que los barcos como el Sirene aprovechaban para llenar sus redes, y después de ser salados, se los vendían a los mismos británicos. —¡Ha sido una buena noche! —exclamó uno de los hombres, jubiloso. —¡Tienes razón, Jenkin, a este paso regresaremos pronto a casa! —¡Ya extraño a mi familia, capitán! —¡Aún falta un viaje, chicos! ¡Iremos por algunas ballenas a las costas escandinavas!... ¡Vacíen esas redes ya! Cuatro enormes redes fueron volcadas al mismo tiempo sobre la cubierta del barco. Los encargados de faenar el pescado se apresuraron a recogerlos en grandes cubos para limpiarlos, y posteriormente depositarlos en los barriles de salazón. —¡Capitán, parece q...

Prefacio

Durante la cacería de la mañana, Liselot se alejó de la manada, y su padre salió en su búsqueda, hasta encontrarla oculta en una cueva. —¿Otra vez? —le preguntó en su particular registro, semejante a las voces de las ballenas. —Podría haber tenido suerte, y ustedes no lo hubieran percibido. —Lo que deseas nunca ocurrirá. Creo que ya es tiempo de que hagamos un consejo. Más tarde, estaban todos reunidos junto a unas rocas, porque contrario a lo que se piensa, estos peculiares habitantes del mar, no moran en viviendas fantásticas, rodeados de plantas marinas y caracolas. Ellos vagan de forma incesante por el mar, igual que todos los habitantes del océano. —Mi hija, aquí presente —comenzó el padre—, insiste en subir a la superficie y aproximarse a los humanos. Se escapa constantemente, y ya no sé qué hacer con ella. Por eso pido su consejo a esta asamblea, para que me indique qué camino seguir. —Expulsarla de la manada. No hay otra opción. Si la encerramos, moriría, y nosotros no matamos ...

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