Capítulo 4: La cena
—Debes
haber estado soñando, querida. Yo no le veo nada extraño. Mira tú misma.
Antje, se inclinó nuevamente sobre Liselot, y lo único que vio fue a una joven durmiendo. Es más. Si es que era posible, Liselot se veía más hermosa que la noche anterior.
Drika posó una de sus manos sobre Liselot y la movió suavemente con la intención que despertara.
La sirena reaccionó. Abrió los ojos, y sacó los brazos de las cobijas. Luego se estiró como si estuviera recién despertando.
—Buenos días, querida —la saludó Drika, y luego mostró la bandeja del desayuno—. Cuando desayunes, te estaremos esperando abjao para ir a a ver a la modista.
—¿Modista? —Liselot pareció no entender.
—La mujer que nos hará unos vestidos —aclaró Antje con una sonrisa traviesa.
—¡Ah!
—Te dejaremos sola para que puedas comer tranquila, querida. Vamos, Antje. Espera abajo a la prima.
—Sí, mamá.
Después que las mujeres salieron de la habitación, Liselot cogió las cosas de la bandeja y las arrojó por la ventana. Vertió el té en la planta que estaba en el alféizar, y volvió a colocar la taza vacía y los platillos sobre la bandeja. Se había alimentado lo suficiente al escaparse, después que Gerlof se marchara al amanecer. Nunca comprendería el gusto de los humanos por comer animales muertos, el solo pensarlo le causaba repugnancia.
Neske
estaba recién desayunando cuando tocaron a su puerta esa mañana. Ella
acostumbraba a levantarse al alba. Era buena costurera y recibía muchos pedidos
de vestidos, inclusive muchas damas de la alta sociedad de Amsterdam le hacían
encargos. Sin embargo, la noche pasada casi no había dormido despues que su
hijo había llegado con la noticia del barco. Al no lograr convencerlo de
marcharse tal cual ella quería, tuvo que aceptar permanecer en su casa y
esperar que nada malo sucediera.
—Buenos días, Neske —saludó Drika—. Venimos a encargarte unos vestidos.
—Tengo mucho trabajo por estos días, señora Waas —intentó excusarse Neske. No le gustaba confeccionarles a estas damas porque jamás quedaban satisfechas, y comenzaban a pedir rebajas para compensar los imaginarios defectos que les encontraban a los atuendos.
—Pagaremos muy bien, querida —repuso Drika, entrando a la casa de Neske, sin esperar a ser invitada—. Podríamos ir a buscar otra costurera, pero tú eres la mejor.
Neske, resignada, abrió la puerta por completo y las dos jóvenes entraron detrás de la señora Waas.
—No creo que sea necesario tomar medidas, la señorita Wass se ve igual que la última vez que estuvo aquí. Le mostraré las telas nuevas que me llegaron la semana pasada.
—Neske, deberás tomarle medidas a Liselot. Ella necesitará varios vestidos. Es ella la importante esta vez... Liselot es la prima del prometido de Antje, el capitán Janssen —agregó Drika después de una pausa. ¡Ah! De todas formas, Antje también necesitará un vestido. Lo más probable es que demos una cena de bienvenida a la nueva integrante de la familia....
Drika continuó hablando sin importarle si su interlocutora le estaba poniendo o no atención. Su mayor afición era charlar, enumerar las múltiples aptitudes que según ella su hija tenía, o comentar sobre las próximas cosas que adquiriría para su casa.
Neske no la oía, su mente estaba en el dinero que ganaría con el encargo de la señora Waas, que al parecer no sería poco. Todavía esperaba lograr convencer a Olaf de que se marcharan de allí. Y en último caso, si él no quería hacerlo, se iría sola con sus hijas (ver cuántos tiene). Le dolería dejar atrás a su sobrino, pero tendría que hacerlo de ser necesario. El fin se avecinaba y ella no quería estar allí para presenciarlo.
—Tomaré las medidas de la señorita entonces, señora Waas.
Olaf
se paseaba por el muelle observando los barcos, pero lo que en realidad le
interesaba era el Sirene. Quería saber si saldría de nuevo al océano o no, y por,
sobre todo, investigar si la criatura todavía estaba con el capitán. Así que le
sorprendió ver a Gerlof Janssen de pie sobre unos cajones, hablándole a un
grupo de hombres. Se aproximó cuidándose de no ser visto.
—Esta vez navegaremos más al norte, hacia Noruega. Allá hay muchas ballenas en esta época del año. Cazaremos tantas, que al regresar sus bolsillos estarán repletos de florines.
Los hombres gritaron, levantando las manos para mostrar su júbilo. Después todos se apresuraron a inscribirse en la tablilla del capitán, dándose de empujones por miedo a quedar fuera de la lista.
Se preguntó qué pasaría con la sirena si el capitán zarpaba nuevamente: ¿la llevaría con él? ¿La dejaría en tierra? No sabía cuál de las dos opciones era la más peligrosa para los habitantes de Amsterdam.
Olaf tenía que cuidar de su familia, delatar al capitán Janssen, y lograr que la criatura fuera capturada. Pero era apenas un poco más que un niño, y no sabía si la gente le creería. Quizás debía buscar al ministro primero para contarle lo sucedido. Sin embargo, antes tenía que averiguar dónde se escondía la sirena.
—Nos haremos a la mar en dos días más, así que los quiero frescos y con todas sus pertenencias al amanecer del jueves —continuó diciendo el capitán—. Si alguien desea arrepentirse, este es el momento, aunque espero que no lo hagan pues regresarán con los bolsillos repletos de coronas.
» Es todo por ahora.
Descansen. Despidánse como es debido de sus novias y esposas. Nos vemos el jueves
al despuntar el alba.
Terminado el discurso, se bajó de los cajones y se alejó. Iría a ultimar los detalles que le faltaban al Sirene para zarpar, y después visitaría a los Waas. Ya eran muchas horas sin ver a Liselot.
Olaf decidió convertirse en la sombra del capitán del Sirene. Tarde o temprano lo conduciría hasta la criatura.
Antje, se inclinó nuevamente sobre Liselot, y lo único que vio fue a una joven durmiendo. Es más. Si es que era posible, Liselot se veía más hermosa que la noche anterior.
Drika posó una de sus manos sobre Liselot y la movió suavemente con la intención que despertara.
La sirena reaccionó. Abrió los ojos, y sacó los brazos de las cobijas. Luego se estiró como si estuviera recién despertando.
—Buenos días, querida —la saludó Drika, y luego mostró la bandeja del desayuno—. Cuando desayunes, te estaremos esperando abjao para ir a a ver a la modista.
—¿Modista? —Liselot pareció no entender.
—La mujer que nos hará unos vestidos —aclaró Antje con una sonrisa traviesa.
—¡Ah!
—Te dejaremos sola para que puedas comer tranquila, querida. Vamos, Antje. Espera abajo a la prima.
—Sí, mamá.
Después que las mujeres salieron de la habitación, Liselot cogió las cosas de la bandeja y las arrojó por la ventana. Vertió el té en la planta que estaba en el alféizar, y volvió a colocar la taza vacía y los platillos sobre la bandeja. Se había alimentado lo suficiente al escaparse, después que Gerlof se marchara al amanecer. Nunca comprendería el gusto de los humanos por comer animales muertos, el solo pensarlo le causaba repugnancia.
—Buenos días, Neske —saludó Drika—. Venimos a encargarte unos vestidos.
—Tengo mucho trabajo por estos días, señora Waas —intentó excusarse Neske. No le gustaba confeccionarles a estas damas porque jamás quedaban satisfechas, y comenzaban a pedir rebajas para compensar los imaginarios defectos que les encontraban a los atuendos.
—Pagaremos muy bien, querida —repuso Drika, entrando a la casa de Neske, sin esperar a ser invitada—. Podríamos ir a buscar otra costurera, pero tú eres la mejor.
Neske, resignada, abrió la puerta por completo y las dos jóvenes entraron detrás de la señora Waas.
—No creo que sea necesario tomar medidas, la señorita Wass se ve igual que la última vez que estuvo aquí. Le mostraré las telas nuevas que me llegaron la semana pasada.
—Neske, deberás tomarle medidas a Liselot. Ella necesitará varios vestidos. Es ella la importante esta vez... Liselot es la prima del prometido de Antje, el capitán Janssen —agregó Drika después de una pausa. ¡Ah! De todas formas, Antje también necesitará un vestido. Lo más probable es que demos una cena de bienvenida a la nueva integrante de la familia....
Drika continuó hablando sin importarle si su interlocutora le estaba poniendo o no atención. Su mayor afición era charlar, enumerar las múltiples aptitudes que según ella su hija tenía, o comentar sobre las próximas cosas que adquiriría para su casa.
Neske no la oía, su mente estaba en el dinero que ganaría con el encargo de la señora Waas, que al parecer no sería poco. Todavía esperaba lograr convencer a Olaf de que se marcharan de allí. Y en último caso, si él no quería hacerlo, se iría sola con sus hijas (ver cuántos tiene). Le dolería dejar atrás a su sobrino, pero tendría que hacerlo de ser necesario. El fin se avecinaba y ella no quería estar allí para presenciarlo.
—Tomaré las medidas de la señorita entonces, señora Waas.
—Esta vez navegaremos más al norte, hacia Noruega. Allá hay muchas ballenas en esta época del año. Cazaremos tantas, que al regresar sus bolsillos estarán repletos de florines.
Los hombres gritaron, levantando las manos para mostrar su júbilo. Después todos se apresuraron a inscribirse en la tablilla del capitán, dándose de empujones por miedo a quedar fuera de la lista.
Se preguntó qué pasaría con la sirena si el capitán zarpaba nuevamente: ¿la llevaría con él? ¿La dejaría en tierra? No sabía cuál de las dos opciones era la más peligrosa para los habitantes de Amsterdam.
Olaf tenía que cuidar de su familia, delatar al capitán Janssen, y lograr que la criatura fuera capturada. Pero era apenas un poco más que un niño, y no sabía si la gente le creería. Quizás debía buscar al ministro primero para contarle lo sucedido. Sin embargo, antes tenía que averiguar dónde se escondía la sirena.
—Nos haremos a la mar en dos días más, así que los quiero frescos y con todas sus pertenencias al amanecer del jueves —continuó diciendo el capitán—. Si alguien desea arrepentirse, este es el momento, aunque espero que no lo hagan pues regresarán con los bolsillos repletos de coronas.
Terminado el discurso, se bajó de los cajones y se alejó. Iría a ultimar los detalles que le faltaban al Sirene para zarpar, y después visitaría a los Waas. Ya eran muchas horas sin ver a Liselot.
Olaf decidió convertirse en la sombra del capitán del Sirene. Tarde o temprano lo conduciría hasta la criatura.
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